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GRUPO DE MATRIMONIOS DE NUESTRA SEÑORA DE EUROPA


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Las raíces cristianas de Europa


PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE EUROPA


LAS RAÍCES CRISTIANAS DE EUROPA

"Yo, Juan Pablo II desde Santiago te lanzo, vieja Europa,
un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma"



Memoria de un fecundo pasado y reto de futuro esperanzador


En 1982 el Papa Juan Pablo II, visitaba nuestras tierras españolas como evangelizador y peregrino para confirmarnos en la fe. En la última etapa de aquel viaje, en Santiago de Compostela, dirigía a los pueblos de Europa un valiente mensaje sobre las raíces cristinas de nuestro continente:

"Yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades."

Os invitamos a recorrer los grandes hitos de nuestra historia europea y cristiana, a ahondar en nuestras raíces, a mirar el presente y el futuro de los pueblos europeos con la esperanza de saber que Jesucristo, el Señor de la historia, tiene abierto el futuro de nuestro continente.

EVANGELIZACIÓN DE LA IGLESIA ANTIGUA

"Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda la creación" (Marcos 16,15). El mandato misionero del Señor resucitado a los apóstoles les lanzó como sus valientes testigos desde Jerusalén hasta los confines de la tierra: el primero Santiago el Mayor, martirizado el año 44 en Jerusalén: "Éste fue, entre los apóstoles, el primero que fecundó la Iglesia con su sangre. Su sepulcro, venerado en Galicia, ilumina al mundo entero" ; san Andrés, el hermano de Pedro, martirizado en Acaya el año 60, y patrón de la Iglesia griega que "conduce en la caridad a las Iglesias de oriente, para llevarlas hasta la fuente por caminos de unidad" ; y, sobre todo, san Pedro y san Pablo, los príncipes de los apóstoles: Pedro, la Roca de la Iglesia, el Pastor del rebaño del Señor en Jerusalén, en Antioquia y, por fin, en Roma; y Pablo, el Apóstol de los gentiles; los dos, mártires de Cristo en Roma el año 67, "muriendo en la cruz uno y otro bajo la espada" , cuyos sepulcros consagran la Ciudad Eterna. Pablo, que quiere llevar a Cristo a los confines del mundo, tuvo la intención ir a España (cf. Romanos 15,24). La tradición de su visita a nuestras tierras es recogida con ardientes palabras por Pablo VI:

"A cada uno de vosotros quiere abrirse nuestro corazón. Que la fe católica, aquella que en Pablo tuvo un heraldo, un paladín, un mártir, viva siempre en España; que las obras, derivadas de esta fe, sean el mejor testimonio de vuestro catolicismo, de cara siempre a todo lo bueno, a la caridad, a la justicia" .

Así, en los primeros siglos de la Iglesia las tierras europeas son fecundadas por la predicación y la sangre de los apóstoles y los mártires. Hagamos también memoria de algunos mártires hispanos: el diácono romano Lorenzo, natural de Huesca; Vicente, diácono de Zaragoza; Eulalia de Mérida; Justa y Rufina de Sevilla; los niños Justo y Pastor de Alcalá. "La sangre de los mártires es semilla de cristianos" , dirá Tertuliano.

Alcanzada la paz constantiniana, se va a dar un diálogo fecundo entre la fe cristiana y la cultura grecorromana, realizado por los santos Padres de la Iglesia y formulado por los primeros Concilios ecuménicos. Junto a las formulaciones dogmáticas del misterio del Dios Uno y Trino, y de la persona divina de Jesucristo en sus dos naturalezas divina y humana, nacen el concepto de persona, la dignidad del ser humano, su libertad, la igualdad de todos los hombres, como fruto fecundo del encuentro de la sabiduría griega y el derecho romano con la luz del Evangelio. Lo mejor de Grecia y de Roma fue fecundado por la fe de la Iglesia y de modo armonioso surgieron los pilares de la civilización de Occidente.

Son figuras señeras en el Oriente cristiano Atanasio, "preclaro defensor de la divinidad de Jesucristo" , los íntimos amigos Basilio el Grande y Gregorio Nacianceno, que "buscaron humildemente la verdad de Dios y la vivieron fielmente en el amor" , y Juan Crisóstomo, "pastor de almas a tiempo completo" , como lo describe Benedicto XVI.

En Occidente destacan los grandes Padres de la Iglesia Latina: Ambrosio de Milán, "doctor esclarecido de la fe católica y ejemplo admirable de fortaleza apostólica" ; Agustín, quizá el primer pensador europeo, que así describe su conversión: "Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Me llamaste y me clamaste, y quebrantaste mi sordera" ; Jerónimo, quien tuvo como nadie "una estima tierna y viva por las sagrada Escritura" ; y Gregorio Magno, modelo de pastor que "hizo llegar hasta el pueblo las corrientes del Evangelio, y después de muerto, aún sigue enseñando" .

El ímpetu evangelizador llevaría la Buena Noticia hasta los últimos rincones del Imperio Romano. Las Galias son evangelizadas por Martín de Tours, soldado, monje y obispo, y uno de los santos más populares y conocidos de Europa, que "pobre y humilde, entró en el cielo cargado de riquezas" . Y Patricio, evangelizador de Irlanda, que sobrecogido exclama: "Muchos pueblos renacieron a Dios por mí" .


EVANGELIZACIÓN DE LOS PUEBLOS BÁRBAROS


Con la caída del Imperio Romano la Iglesia no sólo renueva su impulso misionero con la evangelización de los bárbaros, sino también con la humanización de los pueblos europeos, trasmitiéndoles la cultura y civilización clásica. La figura señera es, sin duda, san Benito de Nursia, llamado Patriarca de Occidente y declarado Padre y Patrón de Europa por el Papa Pablo VI . El Papa actual II dice de él:

"Al presentar a san Benito como astro luminoso, Gregorio [Magno] quería indicar en esta tremenda situación, precisamente aquí, en esta ciudad de Roma, la salida de la noche oscura de la historia (Cf. Juan Pablo II, Insegnamenti, II/1, 1979, p. 1158). De hecho, la obra del santo, y de manera particular su Regla, ofrecieron una auténtica levadura espiritual, que cambió con el pasar de los siglos, mucho más allá de los confines de su patria y de su época, el rostro de Europa, suscitando tras la caída de la unidad política creada por el Imperio Romano una nueva unidad espiritual y cultural, la de la fe cristiana compartida por los pueblos del continente. De este modo nació la realidad que nosotros llamamos Europa" .

Los hijos de san Benito, enviados por los Papas a todos los rincones de nuestro continente, les llevan el Evangelio y la civilización. La inculturación alcanza uno de sus hitos más completos, como expresa acertadamente Pablo VI, al afirmar que san Benito y los benedictinos llevan a Europa las tres formas perfectas de culto: el cultivo de la tierra, la cultura antigua y el culto divino . Entre los evangelizadores benedictinos destacan tres grandes obispos: Agustín de Cantorbery, evangelizador de Inglaterra; Bonifacio que implanta el Evangelio en Alemania con su predicación y martirio; y Óscar, evangelizador de los pueblos escandinavos.

En la España Visigótica la Iglesia lleva a cabo el difícil encuentro de la civilización romana con los arrianos visigodos. Los Concilios de Toledo, entre los siglos IV y VII, serán el instrumento adecuado para la organización pastoral de la Iglesia y de la nueva sociedad civil. El más señalado fue el III Concilio de Toledo, celebrado en el año 589 y presidido por san Leandro, en el que el rey Recadero abjura de la herejía arriana, se convierte al catolicismo y se llega a la unidad católica de España. La figura clave de esta época, tanto para España como para todo el saber de la Edad Media, es Isidoro de Sevilla, el último Santo Padre de la Iglesia y padre también de la cultura europea de la Edad Media. De él dice Benedicto XVI:

"Los intereses culturales y espirituales de Isidoro, tal y como emergen de sus mismas obras, comprenden un conocimiento enciclopédico de la cultura clásica pagana y un conocimiento profundo de la cultura cristiana. Isidoro es considerado como el último de los padres cristianos de la antigüedad. Pocos años después de su muerte, en el año 636, un Concilio de Toledo le definió como ilustre maestro de nuestra época, y gloria de la Iglesia católica" .

Ahora bien, Europa no es sólo Occidente. Los países eslavos conocieron a Cristo al final del primer milenio por medio de la predicación y testimonio de los santos hermanos Cirilo, monje, y Metodio, obispo, evangelizadores de los pueblos eslavos y, por ello, declarados, junto con san Benito, copatronos de Europa por el Papa Juan Pablo II. Así nos los presenta el Papa venido de Oriente:

"Europa, considerada geográficamente y en su conjunto, es de algún modo el fruto de la acción de dos corrientes de tradición cristiana, a las que hay que añadir dos formas de cultura diversas, pero al mismo tiempo profundamente complementarias. San Benito, con su influencia, abarcó en un primer momento la Europa Occidental y Central. Pero, a través de los centros benedictinos, llegó también a otras partes de la tierra. Se sitúa, pues, en el centro mismo de la corriente que parte de Roma, de la Sede de los Sucesores de San Pedro. Por su parte, los Santos hermanos [Cirilo y Metodio] de Tesalónica ponen de relieve no sólo la aportación de la antigua cultura griega, sino la irradiación de la Iglesia de Constantinopla y de la tradición oriental, tan profundamente enraizada en la espiritualidad y en la cultura de tantos pueblos y naciones de la parte oriental del continente europeo. Nos encontramos en una época en que, después de siglos de división de la Iglesia entre Oriente y Occidente, entre Roma y Constantinopla, y a partir del Concilio Vaticano II, se han dado pasos decisivos hacia la comunión plena. Por esta razón, parece que la proclamación de los Santos Cirilo y Metodio como Copatronos de Europa junto con San Benito, responde plenamente a los signos de nuestro tiempo" .

Por desgracia, junto a los grandes hitos de la difusión del Evangelio, al comienzo del segundo milenio la Iglesia va a sufrir la ruptura de la catolicidad. Las Iglesias de Oriente rompen la comunión con el sucesor de san Pedro y se produce el Cisma de Oriente, gran drama de la división de la única Iglesia de Cristo.

EVANGELIZACIÓN MEDIEVAL


Desde la caída del Imperio Europa no era más que una serie de pueblos sin conciencia de identidad común. En torno al Papado, a la llamada Reforma gregoriana, especialmente a la abadía benedictina de Cluny, surge un hecho definitivo que hace nacer la conciencia colectiva de Europa como unidad: el descubrimiento del sepulcro del apóstol Santiago en el siglo IX, y el subsiguiente movimiento colectivo de los pueblos de Europa a Compostela. La peregrinación al sepulcro jacobeo, el camino de Santiago -Camino de Europa-, origina la conciencia de la unidad del continente. Escuchemos esta larga cita del Papa peregrino, Juan Pablo II:

"Mi mirada se extiende en estos instantes sobre el continente europeo, sobre la inmensa red de vías de comunicación que unen entre sí a las ciudades y naciones que lo componen, y vuelvo a ver aquellos caminos que, ya desde la Edad Media, han conducido y conducen a Santiago de Compostela innumerables masas de peregrinos, atraídas por ?a devoción al Apóstol. Desde los siglos XI y XII, bajo el impulso de los monjes de Cluny, los fieles de todos los rincones de Europa acuden cada vez con mayor frecuencia hacía el sepulcro de Santiago, alargando hasta el considerado Finesterrae de entonces aquel célebre Camino de Santiago, por el que los españoles ya habían peregrinado. Aquí llegaban de Francia, Italia, Centroeuropa, los Países Nórdicos y las Naciones Eslavas, cristianos de toda condición social, desde los reyes a los más humildes habitantes de las aldeas; cristianos de todos los niveles espirituales, desde santos, como Francisco de Asís y Brígida de Suecia, a los pecadores públicos en busca de penitencia. Europa entera se ha encontrado a sí misma alrededor de la 'memoria' de Santiago, en los mismos siglos en los que ella se edificaba como continente homogéneo y unido espiritualmente. Por ello el mismo Goethe insinuará que la conciencia de Europa ha nacido peregrinando. La peregrinación a Santiago fue uno de los fuertes elementos que favorecieron la comprensión mutua de pueblos europeos tan diferentes, como los latinos, los germanos, celtas, anglosajones y eslavos. La peregrinación acercaba, relacionaba y unía entre sí a aquellas gentes que, siglo tras siglo, convencidas por la predicación de los testigos de Cristo, abrazaban el Evangelio y contemporáneamente, se puede afirmar, surgían como pueblos y naciones. La historia de la formación de las naciones europeas va a la par con su evangelización; hasta el punto de que las fronteras europeas coinciden con las de la penetración del Evangelio" .

En la Edad Media grandes figuras cristianas van configurando la nueva Europa: Bernardo de Claraval, gran impulsor de la Orden Cisterciense y, quizá, el hombre más importante del siglo XII en Europa. Los príncipes cristianos Wenceslao, mártir y evangelizador de Bohemia, y Esteban, rey de Hungría. Y, sobre todo, Domingo de Guzmán y Francisco de Asís, fundadores de las órdenes mendicantes. El burgalés santo Domingo, canonizado a los trece años de su muerte por Gregorio IX, quien diría que de la santidad de este hombre estaba tan seguro, como de la santidad de San Pedro y San Pablo. Junto al fraile predicador, la humilde figura del Pobrecito de Asís, el santo del amor desmedido y apasionado a Cristo, de la entrega total a los pobres y a la creación entera, de quien canta el Papa Bueno: "Es San Francisco quien ha resumido en una sola palabra el bien vivir, enseñándonos cómo hay que valorar los acontecimientos, cómo ponernos en comunicación con Dios y con nuestros semejantes. Esta palabra da nombre a esta colina que corona el sepulcro glorioso del Pobrecillo: - ¡Paraíso, Paraíso!" .

Un dominico, Tomás de Aquino, lleva el pensamiento medieval a sus cotas más altas, como enseña el Papa actual: "Ofrece un modelo válido de armonía entre razón y fe, dimensiones del espíritu humano que se realizan plenamente en el encuentro y diálogo entre ambas" . La Escolástica, las universidades medievales, las catedrales góticas configuran Europa. Y las místicas andarinas, que, desde la más honda experiencia de Cristo, recorren los caminos sembrando la civilización del amor. Recordemos a dos de ellas, declaradas co-patronas de Europa: Brígida de Suecia que, consagrada a Dios después de haber vivido plenamente la vocación de esposa y madre, recorrió Europa de norte a sur -Compostela, Roma, Jerusalén-, trabajó sin descanso por la unidad de los cristianos y murió en Roma; y Catalina de Siena, analfabeta y doctora mística de la Iglesia. Al declararla co-patrona de Europa, Juan Pablo II recuerda sus ansias reformadoras y su valiente lucha por el fin del destierro de Aviñón:

"Impresiona el tono libre, vigoroso y tajante con el que amonestaba a sacerdotes, obispos y cardenales. Era preciso arrancar del jardín de la Iglesia las plantas podridas sustituyéndolas con plantas nuevas, frescas y fragantes. La santa sienesa, apoyándose en su intimidad con Cristo, no tenía reparo en señalar con franqueza incluso al Pontífice mismo, al cual amaba tiernamente como dulce Cristo en la tierra, la voluntad de Dios, que le imponía librarse de los titubeos dictados por la prudencia terrena y por los intereses mundanos para regresar de Aviñón a Roma" .


EVANGELIZACIÓN MODERNA


El comienzo de la Edad Moderna va a desgajar nuestro Continente con la ruptura de la Cristiandad. Todos anhelan la verdadera y necesaria renovación de la Iglesia, y un monje agustino, Martín Lutero, que busca la reforma, lo hace fuera de la Iglesia. Esta falsa reforma supone no sólo la ruptura espiritual de Europa sino también el enfrentamiento de los pueblos en guerras de religión.

Pero el Espíritu no abandona nunca a su Iglesia. El comienzo de la Modernidad es el encuentro con el nuevo Mundo, el descubrimiento y evangelización de América. Esta empresa, iniciada por Isabel la Católica y Cristóbal Colón, fue, a la vez, política y evangelizadora, de conquista y encuentro de dos mundos. Mientras la Europa cristiana se rompe, de su energía no perdida amanece la evangelización del Nuevo Mundo. ¿Quién podrá describir tal hazaña cómo el Papa misionero, Juan Pablo II?:

"¡Qué profundo estupor produce todavía hoy la gesta de aquellos mensajeros de la fe! Siendo pocos para tan inmenso territorio, sin los medios modernos de transporte y comunicación, con pocos recursos médicos, van cruzando imponentes cordilleras, ríos, selvas, tierras áridas e inhóspitas, planicies pantanosas y altiplanos que van del Colorado y la Florida, a México y Canadá; de las cuencas del Orinoco y del Magdalena, al Amazonas; de la Pampa, al Arauco. ¡Una verdadera epopeya de fe, de servicio a la evangelización, de confianza en la fuerza de la cruz de Cristo!" .

Por desgracia, esta aventura evangelizadora y de civilización, se vio envuelta en la violencia y el abuso de poder. Así lo denuncia Juan Pablo II:

"Y cuando el abuso del poderoso se abatía sobre el indefenso, no cesó esa voz que clamaba a la conciencia, que fustigaba la opresión, que defendía la dignidad del injustamente tratado, sobre todo del más desvalido. ¡Con qué fuerza resuena en los espíritus la palabra señera de Fray Antonio de Montesinos, cuando en la primera homilía documentada, la de Adviento de 1511 -al principio de la evangelización- alza su voz en estos mismos lugares, y denunciando valientemente la opresión y abusos cometidos contra inocentes, grita: 'Todos estáis en pecado mortal. Estos, ¿no tienen ánimas racionales?, ¿no sois obligados a amarlos como a vosotros mismos?'. Era la misma voz de los obispos, cuando asumieron en todo el Nuevo Mundo el título de protectores de los indios" .

Entre tantos misioneros españoles de las tierras americanas podemos recordar a Toribio de Mogrovejo, santo arzobispo de Lima y evangelizador infatigable del Perú; de su labor pastoral miremos sólo un pequeño pero hermoso detalle: santo Toribio administró la Confirmación a tres futuros santos: Rosa de Lima, Francisco Solano y Martín de Porres. La aventura americana también se vivió en España. En la universidad de Salamanca, fruto de la reflexión de teólogos y juristas, nace el derecho internacional. También los navegantes portugueses con sus viajes a las Indias Orientales abren Europa a las culturas de Oriente. Y será un miembro de la recién fundada Compañía de Jesús, Francisco Javier, quien lleve el Evangelio a la India y al Japón. El jesuita navarro es el mayor misionero de Cristo, después de san Pablo. Pero, volvamos de nuevo la mirada a la Europa dividida y a la Iglesia tan necesitada de renovación.

La verdadera reforma de la Iglesia se va a producir con la celebración del Concilio de Trento (1545-1563), que reformuló la verdadera fe católica y marcó orientaciones pastorales, que guiarán a la Iglesia hasta el siglo XX. Y con el Concilio, los Santos, verdaderos artífices de la reforma de la Iglesia. Nos fijamos en dos de los más grandes, ambos españoles: Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, ejército espiritual que a las órdenes del Papa va a ser la punta de lanza de la recristianización de Europa. Y Teresa de Jesús, la mística reformadora del Carmelo, la primera mujer doctora de la Iglesia, y, sin duda la figura femenina más grande de la historia de España. De la monja andariega decía Pablo VI: "La vemos como reformadora y fundadora de una histórica e insigne Orden religiosa, como escritora genial y fecunda, como maestra de vida espiritual, como contemplativa incomparable e incansable alma activa. ¡Qué grande, única y humana, que atrayente es esta figura!" .


EVANGELIZACIÓN DE LA EUROPA CONTEMPORÁNEA


Las estructuras políticas, económicas y culturales de la Vieja Europa van a dar un vuelco radical en los tiempos contemporáneos. La Ilustración, la revolución francesa, la caída del llamado Viejo Régimen, la revolución industrial, transforman radicalmente la sociedad europea. Y la Iglesia tendrá que enfrentarse, a veces de modo traumático, a nuevos retos evangelizadores. Escogemos dos santos franceses que, desde la pequeñez de los humildes, muestran al hombre contemporáneo, la verdad siempre nueva del Evangelio: Juan María Vianney, santo cura de Ars, quien, desde el humilde confesionario de su parroquia rural, renueva el alma de la católica Francia; y Teresa del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia, que desde la clausura escondida del Carmelo enseña al hombre moderno su verdadera grandeza, la infancia espiritual. San Pío X se atreve a afirmar de ella que es la santa más grande de los tiempos modernos, y Pío XI, que la canonizó y declaro Patrona de las misiones, la llamaba la estrella de mi pontificado. Y los intrépidos fundadores y fundadoras de nuevas congregaciones religiosas llamadas a evangelizar la nueva sociedad. Fijémonos en dos de ellos: el santo obispo catalán, Antonio María Claret, obispo y misionero incansable y víctima valiente en las conflictivas luchas del siglo XIX español; y Don Bosco, el educador, infatigable y creativo, de la juventud obrera, surgida de la revolución industrial.

En el convulso siglo XX se van a dar las cotas más altas de desarrollo científico y tecnológico, a la vez que se desatan en Europa las mayores confrontaciones bélicas, que alcanzan a toda la humanidad. Las dos guerras mundiales, junto con la revolución comunista y el nazismo alemán, tiñen a Europa y al mundo de la mayor violencia conocida. La paganización de las masas, la secularización de la cultura, el ateísmo práctico, parecen desgajar al Continente de sus raíces cristianas. Resultaría como si la fe cristiana fuera irrelevante para el hombre contemporáneo y la vieja Iglesia de Cristo no tuviera nada que aportar a las nuevas generaciones.

Sin embargo, la Iglesia, perdido su poder temporal, será fortalecida y renovada en el Espíritu como rico fermento evangelizador en una sociedad descreída, y como savia que potencie la civilización del amor en un mundo deshumanizado. Los Papas del siglo XX van a dirigir el gran movimiento renovador de la Iglesia y, paso a paso, serán vistos como grandes lideres espirituales en todo el mundo. León XIII, el primer Papa moderno, preocupado por los nuevos problemas sociales y obreros; Pío X, el Papa santo; Benedicto XV, luchador sufriente de la paz en la Gran Guerra; Pío XI, Papa de los laicos y valiente luchador contra el comunismo y el fascismo; el gran Pío XII, el pastor angélico, defensor de la paz durante la II Guerra Mundial y la posguerra, que con su amplio magisterio iluminó las nuevas situaciones de la Iglesia y de la sociedad. Se debe afirmar que desde la antigüedad nunca los Papas han tenido menos poder humano y más liderazgo espiritual en Europa y en el mundo.

Y junto a ellos, los Santos. Escojamos el ejemplo de dos mártires que entregan sus vidas en el campo de concentración de Auschwitz: Maximiliano Kolbe, mártir de la caridad, ofreció a la Inmaculada su vida en lugar de otro condenado: "Soy sacerdote católico polaco; soy anciano; quiero tomar su lugar, porque el tiene esposa e hijos". Y Edit Stein, judía y gran intelectual alemana, que pasó del ateísmo a la fe, leyendo la Autobiografía de santa Teresa de Jesús: "Comencé a leer, y me fascinó tanto que lo leí de un tirón. Cuando cerré el libro, tuve que confesarme a mí misma: esta es la verdad". Declarada co-patrona de Europa, Juan Pablo II afirma de ella:

"Teresa Benedicta de la Cruz no sólo transcurrió su existencia en diversos países de Europa, sino que con toda su vida de pensadora, mística y mártir, lanzó como un puente entre sus raíces judías y la adhesión a Cristo, moviéndose con segura intuición en el diálogo con el pensamiento filosófico contemporáneo y, en fin, proclamando con el martirio las razones de Dios y del hombre en la inmensa vergüenza de la shoah. Se ha convertido así en la expresión de una peregrinación humana, cultural y religiosa que encarna el núcleo profundo de la tragedia y de las esperanzas del continente europeo" .

El evento central de la Iglesia del siglo XX es, sin duda, el Concilio Vaticano II, en el que la Iglesia tomó nueva conciencia de sí misma y salió al encuentro del hombre actual. Convocado providencialmente en 1962 por el Beato Juan XXIII, el Papa Bueno, fue clausurado en 1965 por Pablo VI, maestro de diálogo y experto en humanidad. Y como colofón de esta lista de testigos de Cristo traigamos a la memoria a los cinco españoles canonizados por Juan Pablo II en su último viaje apostólico a España : el Padre Rubio, sacerdote jesuita, llamado Apóstol del suburbio de Madrid; Ángela de la Cruz, Madre de los pobres de Sevilla; el Padre Poveda, sacerdote y gran pedagogo, mártir de Cristo en nuestra triste Guerra Civil; la santa religiosa Genoveva Torres, instrumento de la ternura de Dios hacia las personas solas y necesitadas de amor y de consuelo, llamada Ángel de la Soledad; y la Madre Maravillas de Jesús, que en la clausura y austeridad del Carmelo y desde la honda contemplación promovió obras sociales y caritativas.

Finalizamos esta lista de testigos del Evangelio con estos dos grandes santos de dimensión universal para la Iglesia y para todos los hombres, la Madre Teresa de Calcuta y el Papa Juan Pablo II. De la Madre de los pobres decía aquel Papa: "Dios nos dio a esta mujer de fe inquebrantable como un don a la Iglesia y al mundo para recordarnos a todos la supremacía del amor evangélico". Y de Juan Pablo II dice su sucesor:

"Tengo ante mis ojos el testimonio del Papa Juan Pablo II. Deja una Iglesia más valiente, más libre, más joven. Una Iglesia que, según su doctrina y su ejemplo, mira con serenidad al pasado y no tiene miedo al futuro. En su testamento espiritual anotó: 'Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado".

Ya es hora de finalizar. Mirando hacia adelante nos preguntamos cuál será el futuro de nuestro Viejo Continente. Nadie mejor que el actual Obispo de Roma puede responder:

"De todo esto emerge claramente que no se puede pensar en edificar una auténtica 'casa común' europea sin tomar en cuenta la identidad propia de los pueblos de este nuestro Continente. Se trata, en efecto, de una identidad histórica, cultural y moral, antes incluso que geográfica, económica o política; una identidad constituida por un conjunto de valores universales, que el cristianismo ha contribuido a forjar, adquiriendo así un papel no sólo histórico, sino fundacional en relación a Europa. Tales valores, que constituyen el alma del Continente, deben permanecer en la Europa del tercer milenio como 'fermento' de civilización. Si efectivamente estas cosas faltaran, ¿cómo podría el 'Viejo' Continente continuar desarrollando la función de 'levadura' para el mundo entero?" .




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